El viajero, la juventud, la tolerancia y la sorpresa

4 09 2009
"Viajero junto al mar" de Caspar David Friedrich

"Viajero junto al mar" de Caspar David Friedrich

Viajando uno se vuelve más tolerante. De eso no cabe duda.

Antes de viajar, se tienen ideas innatas, como aquellas de las que hablaba Platón. Las cosas son de una manera y punto! La manera que nos explicaron cuando eramos pequños, la manera que nos dicta la tele, o la manera que aprendimos nosotros sólos hace muchos años. Pero sólo una manera!

Sin embargo, el viajero ha visto tantas cosas nuevas, tantas nuevas costumbres, tantas diferentes maneras de hacer las mismas cosas, tantas diferentes cosas que se hacen de la misma manera, que todo ya le parece normal. Ya no es capaz de recordar sus ideas innatas. Se le olvidaron. Al haber visto tantas cosas tan diferentes, lejos de poder predecir como serán las cosas en el próximo país, el viajero asume que no tiene la más mínima idea de como serán las cosas allí.

  • ¿El color de luto será el negro o el blanco?
  • ¿Beberán agua fría o caliente?
  • ¿Eructar después de comer será de buena o mala educación? (No os riáis!)
  • ¿Esperarán que deje propina en el café?
  • ¿Debo invitar, dejar que paguen por mí, o pagar a medias?

La variedad del mundo es tan grande! Como el viajero no sabe cómo van a ser las cosas, acepta cualquier nueva idea o costumbre. El viajero se vuelve tolerante.

Pero también existe una contrapartida: un parte oscura de esta transformación. Al aceptar todo como normal, el viajero pierde la capacidad de impresionarse, de sorprenderse, de encontrar algo tan insólito que pueda volver a saborear por unos instantes unos átomos de fragancia de sus ideas innatas, que ya se le han olvidado y casi desaparecido por completo.

Por ejemplo, yo recuerdo que cuando viajé a Australia por primera vez en 1997. Fue con una beca de Gobierno Vasco para estudiar inglés en Melbourne. En aquella tierna edad, Australia me sorprendió profundamente: los rascacielos, las relaciones de amistad entre los Australianos muy por encima de los vínculos familiares, el paisaje plano y verde, la comida, la pasión de los Australianos por viajar, las largas distancias. Sin embargo, estas mismas cosas ya no me han impresionado en mi segundo viaje a Australia que acabo de realizar en 2009. Ni siquiera he encontrado otras cosas que verdaderamente me impresionen. Después de vivir en Nuremberg, París, Hong Kong y Shenzhen, ya pocas cosas me impresionan. Ya no soy aquel joven impresionable que solía ser. Y esto es triste, muy triste.

Afortunadamente, he podido rejuvenecer un poquito hace unas semanas en Chicago; he podido volver a saborear esos átomos de ideas pre-concedidas que casi había olvidado por completo; he encontrado algo que me ha sorprendido: El río Chicago.

El río Chicago siempre había fluido naturalmente hacia el lago Michigan. Pero en el siglo XIX, los ingenieros de Chicago invirtieron su curso para evitar que la polución del río contaminase el lago, que es de donde sale el agua potable. Ahora el río fluye desde el lago hacia en interior del continente. Lo más asombroso de esta obra de ingeniería es que 100 años después todavía nos sorprenda tanto.

Después de ver el río Chicago, no se si soy mas impresionable o menos tolerante. Pero desde luego soy más joven.








Follow

Get every new post delivered to your Inbox.